BioFood

Bio. Lógico!

Primero que todo, tengo que aclarar una cosa: no tengo nada en contra este mundo que iremos a cruzar con este texto; nada en absoluto. Todo lo contrario: me parecen instituciones sagradas, siendo que sigo fiel a aquella perspectiva pragmática que dice que el fin es más importante que cualquier medio para llegar a él.

El asunto es sencillo. Vivo en un lugar – Italia – que, bajo la falsa creencia de ser un país productor de cultura, en realidad siempre ha sido un país productor de cultivos. Cultivos = productos de la tierra. Las motivaciones ya las conocemos: tierra buena, posición geográfica perfecta, cuatro estaciones, dos cadenas montuosas, ocho mil kilómetros de mediterráneos, intercambio con todos los pueblos que compartieron la “cuna de la civilización”.

Es por esto que Italia siempre ha sido, principalmente, un país campesino.
Más arriba de los Romanos y los Etruscos, un país campesino.
Inclusive cuando Leonardo y el Rinascimento, un país campesino.
Entre todas sus invasiones, mientras sus miles de guerras, un país campesino.
Y cuando llegó la industrialización, dejó de ser un país campesino.

Que pasó después?
Ya lo sabemos.

Le voci del tanaro

La televisión, el consumismo, el colonialismo cultural gringo, la televisión, la guerra fría, el poderío de la idiotez, la televisión, Berlusconi, todo esto. La televisión. Después pasó la televisión. Y mientras tanto Italia logró la difícil tarea de dejar de ser un país campesino, siguiendo siéndolo. Para explicarlo mejor: logró dejar de un lado la parte mejor de la sabiduría campesina – esta enciclopedia ancestral que se lee en las caras de la gente y varia cada 15 kilómetros – para apoderarse de la faceta peor del mundo rural. Desconfianza mística, creencias absurdas, y sobretodo, esta inexplicable capacidad de guardar con seca brusquedad todos los frutos de una vida de duro trabajo, para entregarlo todo al primer ladrón que pasa por allí.

Esto pasó en Italia. De otra manera uno no podría explicarse porque la mayoría de las familias vendieron – regalaron – hermosas casas en piedra y madera entre lomas y montañas, para amasarse en asfixiantes ciudades.
Pero que pasó después?
Que está pasando ahora?

La salvación, por mano de visionarios valientes que supieron hacer lo más importante, lo más difícil: recuperar lo antiguo. Una de las únicas vanguardias que se supieron producir en Italia en el campo de la filosofa barata – por cierto, la más importante – es el cuento de “Slow Food” (mira que te tengo un link: http://www.inpsicon.com/elconsumidor/articulos/comida_lenta/comida_lenta.pdf).

Que en otras palabras sería la justa valorización de productos agrícola hijos de un cuidado directo hombre-tierra, la revancha de todo lo que es “pequeño” y “aquí” frente a la masividad exasperada de los supermercados. El fundador de Slow Food supo llegar al centro de la cuestión, una realidad que era tan evidente que se escapaba de los ojos de todos. Con un trabajo constante y preciso, supo explicarle a la gente que “hacer shopping” puede tomar todo un domingo, sobretodo si lo rellenas con giras por lomas y buena gente que tiene treinta y cinco ovejas y cultiva unas cuantas zanahorias. Qué surgió de allí? Una nueva verdad. El gran Norte que siempre estuvo debajo de nuestros ojos – y como es posible que antes no lo veíamos? Un nuevo ejercito listo para luchar hasta el fondo, una revolución de terratenientes sin tierra debajo de la bandera de la “sostenibilidad”.

Biológico. “Km Cero”. Orgánico. Local. Típico. Todo lo que sea, hasta legumbres con colores improbables y formas geométricas nunca vistas antes, basta que tenga un sello de “biologicidad”. Papas que mi abuelo no comía ni siquiera en tiempo de hambre que de un día para otro tienen nada menos que un reinado y una feria para ellas. Lo más interesante? Pueblos perdidos por allí en el medio de la nada – pueblos hermosos, toca decirlo – que buscan algún producto de la huerta que hace un par de siglos cayó en el olvido, dios mio tiene que haber uno, dios mio tiene que haber uno, dios mio tiene que haber uno. Y cuando lo encuentran, el triunfo de un panel turístico en sus calles, que te avisa que estás llegando nada menos que al “pueblo del Gran Pepino Amarillo”.

Donde está el problema en todo esto, dirán ustedes? No hay problema, para nada. No hay problema, a parte la cuestión del sello. Porque obviamente el pepino amarillo del abuelo se lo comerá sólo el abuelo, mientras en la mesa del domingo los hijos cocinan salsas prefabricadas, y los nietos… ah estos nietos, desde que existen estos computadores ni en la mesa aparecen.

Decíamos, el sello. El gran problema es que todos los productores, para vender sus productos cómo frutos de la tierra y de nada más que la tierra y un poco de amor y cuidado, tienen que sacar un sello, un código especial, toda una burocracia que tiene sus gastos. Que si lo pensamos bien, significa que:

1. Para vender productos naturales diciendo que son productos naturales, hay que especificarlo bien, y no es nada fácil. Esto implica que todos los productos naturales que no tienen esta certificación, no son tan naturales. No se sabe que son. Pero no son naturales.

2. Algún genio logró inventarse un sistema para certificar lo más básico y natural, es decir, la vida. Sin el sello de “biológico”, queda toda la lógica del mundo. Pero falta el “bio”.

3. Cuando tendrá el sello de “Biológico”, el Gran Pepino Amarillo del abuelo dejará de costar 0,000000002 cent cada kg, y empezará a valer 0,000000002 kg cada euro. Los hijos del abuelo el lunes le contarán a los compañeros de la oficina qué comieron el domingo, así como alguien le cuenta a sus amigos de una gira al Louvre. Los nietos seguirán pegados al computador, pero el abuelo pensará que al final no están mucho más chiflados que sus padres.

Qué quiere decir todo esto?
Nada.
Que Italia sigue siendo un país campesino.
En el sentido que la gente le cree a los que tienen el poder, y un don de lenguaje para expresarlo.

[Sandro Bozzolo]

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